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  • alfredolopezj

Eduardo Mena por Gonzalo Ilabaca

Mas que el adiós a un gran amigo, estas son las palabras de despedida de un pintor a otro pintor. La partida de Eduardo Mena, en junio de este año, deja el recuerdo de sus telas en que la ternura porteña parece brillar de noche, el legado de una criatura multidisciplinaria, un artista de otro tiempo.


Pintor Mena


"Eduardo Mena fue un tipo elegante, aunque se vestía de manera informal y a veces casi como mendigo para entrar a aquellos lugares perdidos y así camuflarse y pintar tranquilo. Su palabra que identificaba su actitud y deseo era “relajado”. Quería que el mundo y su mundo fuera relajado. Esa era su máxima elegancia. No hablaba de la meritocracia, ni de la libertad, derechos humanos o los problemas ambientales, ni cargaba con culpa alguna de religiones, como eso de ganarse la vida con el sudor de la frente. Tampoco recogía los cánones de belleza de la pintura tradicional, buscaba más lo tosco y popular, como el pintor Carlos Faz a quien admiraba, pero sin su drama, sino bajo el prisma y la liviandad de la inocencia: "quizás si en algo contribuye mi pintura es a detener un poco el tiempo o la caída de la inocencia de las cosas"- escribió. De hecho pintar para él a veces era una escapatoria pero otras veces se transformaba en un trabajo y lo dejaba de lado. Esas veces pensaba que al pintar estaba abdicando de la vida, de las cosas agradables que tenía la vida y eso lo ponía en rebeldía. Esas cosas agradables de la vida era jugar ajedrez en un bar, jugar una pichanga de fútbol donde hubiera pasto, tomar jugo de mango en el mercado y comer mariscos. Para Mena hacer un gol de palomita era ya lo máximo, en el juego del ping pong le decían el “metralleta Mena”. Viajar estaba también entre sus preferencias, ya sea por Europa y Grecia y los museos de arte cuando era joven y por los pueblos de México, la Tirana, Horcón o Valparaíso cuando ya había asumido que ser pintor era lo suyo. En sus imágenes buscaba siempre lo más antiguo, lo ancestral, lo mágico, lo originario, como las canciones de Simón Díaz.

La elegancia de Mena radicaba también en su cultura, donde la literatura tenía su espacio. De niño las aventuras de Mampato, Peter Pan, Tom Sawyer y Huck Finn le indicaron que en el mundo de la creación del arte se podía encontrar un atajo que uniera el arte y la vida. La Balada de los Niños Inmortales fue un texto que escribió para acompañar una de sus exposiciones. Los niños siempre aparecieron en sus cuadros, niños de pueblos y razas americanas llenos de ternura para calmar las injusticias del mundo. Esa fue su única revolución. De grande la literatura que lo influyó más fue la de Kerouac y las aventuras de Dean Moriarty, pseudónimo de Neal Cassidy en la novela “En el camino”: ahí se hacía carne la libertad del camino y del estilo. Mena pintó los caminos de México y Valparaíso, las cantinas, iglesias, comercio local, plazas, flores, perros y burros a su pinta y los pintó de noche cuando la bella luna toma su protagonismo, como la luz principal entre las luces del pueblo. En las piezas o casas que habitaba siempre armaba y continuaba el collage de fotos de la Galería de los Famosos donde era toda una entretención reconocer a este y este otro.


Gonzalo Ilabaca, Santiago Elordi y Eduardo Mena en San Miguel de Allende, México 1999.


Eduardo Mena en su taller porteño.



La elegancia de Mena radicaba en el humor y en permanecer en lo simple, lo autóctono, lo más cercano a la tierra donde el ser humano pudiera ser auténtico, sin muchos artilugios. Por eso le gustó tanto Valparaíso, incluso cuando llegó aquí dijo que se sintió por primera vez viviendo en Chile y dijo que Valparaíso era su país. Pero Mena era un pintor elegante que estaba destinado para vivir en un país elegante en lo autóctono, y la decadencia de Valparaíso lo fue arruinando, mermando por dentro. Poco a poco fue quedando atrapado en sus cuadros nocturnos de los cerros, como una polilla en la luz de una ampolleta. La vida se le hizo difícil, los nocturnos lo volvieron taciturno. Para Valparaíso fue una suerte encontrar un pintor que lo retratara en su forma más empática de aceptar la pobreza, pero para él terminó siendo un karma. Para liberarse del formato cuadro, Mena fue pintando murales por la ciudad como una manera de no sentir que estaba convirtiendo su pintura en un trabajo. Por eso cuando descubrió pintar piedras encontró un verdadero salvavidas. Se fue al Cajón del Maipo y comenzó a escoger piedras como un recluso en trabajos forzados. Y le pidió a las piedras que trabajaran para él. Ellas le decían qué pintar y con qué colores, todo ahí era simple, pequeño, aislado, sin detalles ni contextos, ni mercado del arte. Símbolos más que nada: el perro-lobo, el taxi, la cantina. La piedra ponía la mitad de trabajo y la imaginación del Mena la otra mitad. Así -junto a la naturaleza y el río- Mena se despidió de lo urbano y de la pintura de atril y bastidor y aunque siguió a regañadientes los tratamientos, de alguna manera no le importó que el cáncer avanzara por dentro porque el mundo ya no le era relajado, había una falla multiorgánica afuera que el somatizó adentro. Lo que más le importaba dejar en su vida era a su cachorro Jairito que lo devolvía a los niños inmortales de su infancia.



Obras de Eduardo Mena.


Pero el Mena más elegante fue cuando vivió en México, en San Miguel de Allende. Una pareja de amigos franceses residentes ahí -Frédérique y Bernard- le regalaban pantalones de cuero hechos por ellos mismos, se ponía camisas de encendidos colores, botas de cowboy, se dejaba patillas gruesas y se ponía pañuelos con flores en la cabeza, parecía un pirata o un gitano que se subía a trenes sin pagar boleto, vendía sus cuadros en los bares mientras jugaba ajedrez, a veces lo invitaban por varios días a ranchos más elegantes y le encargaban un cuadro o un mural. Le encantaban las calacas, las fiestas religiosas, los mariachis callejeros. Viajaba por pueblos pequeños rodeados de grandes rocas que parecían montañas, pintando sus calles, mariposas, pajaritos, niños huicholes. En San Miguel de Allende le encantaba ir a almorzar al mercado, tenía amigos para jugar fútbol, invitaciones a inauguraciones de arte, libros, conciertos, películas, joyas y artesanías (le faltaban los días de la semana), tenía parques para jugar con su hijo Jerónimo, a quien le enseñó el color azul, eran queridos por todo el pueblo, había mucha vida cultural pero sin drama, lo contrario a Valparaíso. No sé por qué volvió a Valparaíso pero Mena ahora es un verdadero símbolo del pintor porteño. Quizás ese México tampoco existe. En la elegancia de Mena, las luces de sus nocturnos eran su manera de transformar en diamantes las tristezas de sus habitantes. Además, Mena siempre fue un gran contador de historias, todas ellas divertidas y autobiográficas. Cuando eso pasaba, Mena se convertía en el rey de la velada porque no se tomaba nada en serio. Una de sus ideas para superar la pobreza en Chile era que vendiéramos Chile y que a cada habitante le dieran sus buenos millones de dólares y que se fueran a vivir donde quisieran. A veces nos recomendaba películas que para él eran muy buenas y resultaban un tedio, a eso le llamábamos “un dato Mena”. Quiero decir que Mena era más que sus pinturas y que sus pinturas eran más que Mena y que ahora él se ha ido, el no volver a verlo, va a ser muy triste para quienes fuimos sus amigos. El Chile que él quería vender ha perdido un gran artista".


Gonzalo Ilabaca

El submarino Azul de Playa Ancha, Julio 2021, Valparaíso

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